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sábado, 7 de marzo de 2009

Plásticos: daños a la salud y al ambiente

En los mares, en los suelos y en muchos otros momentos de nuestra vida cotidiana, tenemos que lidiar con sustancias tóxicas cuyos fabricantes han descuidado, por decir lo más benevolente.

Hace cuatro décadas un buceador de las profundidades oceánicas, Jacques Yves-Cousteau, revelaba al mundo -algo que lamentablemente no fue asumido por ese mismo mundo, nuestra sociedad-: que los mares, todos los mares del planeta, tenían plásticos suspendidos en sus aguas. Moléculas a veces microscópicas, pero allí presentes, porque su no biodegradabilidad les permitía eso; seguir navegando indefinidamente en los oceános del planeta. No todo era material plástico en dimensiones que no alcanzaba nuestra vista. Todos los mares tenían también bolsas de plástico flotando (las que con la erosión se van convirtiendo en aquellas moléculas sueltas) que las tortugas a menudo confundían con medusas e ingerían para iniciar así su propia, prematura agonía.
No hace falta ser un especialista para registrar hoy en día que todos los campos, ese lugar sagrado, asiento de la mayor parte de nuestra alimentación, porque del suelo se nutren casi todos nuestros vegetales y buena parte de nuestra alimentación animal está absolutamente invadido de materiales plásticos.
Nada tan triste como ver, por ejemplo, un campo cultivado con criterio orgánico, haciendo una cama con humus, protegiendo el asiento de la semilla con aserrín humedecido y, a la vez, ver por doquier jirones de bolsas o restos de polietileno, de caños plásticos, desechos de una maceta, una película usada como soporte o base de un manto o restos de bolsas, semienterrados, festonando las camas o “tablones” tan preparados. Todos esos trozos o restos de poliestireno, polivinilcloruro (PVC), polietileno, PET, propileno, etcétera, con el paso del tiempo van desprendiendo sus ablandadores, los temibles ftalatos, cancerígenos, o moléculas todas ellas “naturalmente” tóxicas.
Se han hecho, en países como Alemania, claro, no en países como Argentina o Uruguay, investigaciones sobre eso que técnicamente se designa como “migraciones”.* En el caso de envases, se trata del desprendimiento de sustancias que pasan (imprevistamente) al alimento. No es el pasaje de taninos de la vasija de roble al vino, perfectamente buscado. O incluso del zinc al agua potable en contacto con una chapa galvanizada, para que el agua provea a quien la beba de un oligoelemento que puede escasear en la alimentación. No, las migraciones de plásticos a alimentos son algo que sobrevinieron impensadamente, que han resultado tóxicas, pero que el complejo empresario que “vive de ” ello no está dispuesto a abandonar su negocio por semejantes consideraciones.
Las investigaciones sobre migraciones han revelado un dato intranquilizador: el calor acelera la cesión de material plástico. Al alimento, si se trata de envases; al suelo, si se trata de material plástico allí ubicado, y en consecuencia, al alimento que se nutra del lugar donde se va descomponiendo ese plástico. Cuarenta grados centígrados alcanzan para precipitar el ritmo “migratorio”. Que es una temperatura que fácilmente se alcanza en verano, sobre todo en áreas cobijadas o recalentables. Eso es, por ejemplo, lo que reveló hace ya veinte años la investigación ya citada, sobre migración de un compuesto ftalático (DEHF, dietilhexilftalato).
También se sabe que las grasas y los alcoholes son sustancias donde se alojan determinados componentes plásticos con mayor facilidad. Particularmente, los plásticos clorados. Por eso, algunas legislaciones nacionales prohíben el envasado de vinos o aceites en envases plásticos (el plástico clorado por excelencia es el polivinilcloruro, PVC, usado durante añares en Argentina y Uruguay como recipiente para aceite; ha sido sustituido por PET sin que nadie ser enterara por qué. El PVC migra también a otros líquidos que en él reposen o por él transiten; por eso tampoco son recomendables las cañerías de agua de PVC, pero en estas latitudes se las usa como “la solución económica por excelencia”).
Por todo lo anterior, un episodio electrónico durante el primer semestre de 2003, donde se transmite que un médico, Edward Fujimoto, de un Hospital Castle se presenta en la TV y recomienda no usar tapers de plástico para calentar comida en el microondas revela una serie de rasgos que vale la pena desentrañar.
En primer lugar, la falta de referencias histórico-geográficas resultó llamativa. Pero era asimismo significativa la pertinencia de algunos tramos de la información.
Fujimoto destaca en particular a las comidas con grasa: “La combinación de grasa, calor y plástico hace que se libere la dioxina y se quede en los alimentos ingresando así en el organismo. Las dioxinas son cancerígenas y altamente tóxicas para el cuerpo.” ecomienda entonces usar envases de vidrio o cerámica.
Luego aclara: “Tampoco es recomendable usar plástico para tapar comidas calientes ya que el vapor se condensa y caen gotas que contienen toxinas.” Se refiere a ingredientes del plástico que este material ha “cedido” a las gotas que se han formado.Estos dos párrafos registran un llamativo desplazamiento en la denuncia, de “dioxinas” a “toxinas”.
La verificación de la fuente mediante Internet, nos permitió comprobar que el mensaje tenía todas las características del rumor difundido a sabiendas. No hay sino que alegrarse de que un medio de difusión como las redes electrónicas haya generado a la vez mecanismos de control, en este caso de auto-control. Consultados varios sitios-e como SMIC Website General Forum, TruthOrFiction, Urbanlegends, Hoaxinfo, todos atribuyen el carácter de “invento deliberado” al mensaje atribuido a Fujimoto.
Pero se produce un fenómeno muy interesante que hace recordar al de la famosísima carta abierta del cacique suwamish Seattle al presidente de EE.UU. Franklin Pierce de 1855. Un siglo largo después, a fines de los 70 se descubrió que el formidable texto de Seattle era en realidad la composición que un guionista, Ted Perry, escribió a principios de los 70 para una película (Home). El primer movimiento entonces fue la decepción ante la falsedad histórica de la carta, la impostura que su difusión implicaba, etcétera.
Pero se produjo un segundo movimiento: Perry preparó un texto tan formidable basándose efectivamente en un discurso de Seattle, de 1855 (o inmediatamente anterior), lo realzó tal vez estilísticamente, pero se basó en las diferencias culturales reales que Seattle apuntaba. Fue el productor de la película el que prefirió escamotear la autoría de Perry para darle “mayor fuerza testimonial” a la película (y de paso, no pagar derechos de autor a Seattle, muerto un siglo atrás…). En resumen: la “carta de Seattle” tenía un inmenso valor, no traicionaba los mensajes en juego (la depredación “blanca” y el respeto nativo a la naturaleza, por ejemplo).
Con el episodio Fujimoto, nos encontramos con algo similar. Todos los equipos verificadores y desmentidores de rumores coinciden en que algunos al menos de los peligros indicados en el mensaje apócrifo son verdaderos. Algunos niegan la existencia de Fujimoto, otros han logrado verificar su existencia (en el Hospital Castle de Honolulú) pero no lograron conectar la persona del médico con el texto difundido y otros finalmente (es el caso de TruthOrFiction), llegan no sólo a individualizar a Fujimoto sino que verifican que el médico en el centro de la tormenta sostiene exactamente lo que dice el mensaje: “Una parte de este rumor electrónico es el resultado de una entrevista que se le hizo al doctor Edward Fujimoto en el Canal 2 en Hawai, el 23 de enero de 2002.” (obsérvese que el episodio real precedería en un año a la difusión generalizada).
El riesgo por consiguiente es que, una vez más, tiremos al bebe con el agua sucia. En primer lugar, hay que darse cuenta que la difusión de información bajo la forma de rumor, no favorece a la noticia sino, en realidad, a quienes quieren escamotearla: porque el valor de la información se desmerece y el descreimiento, una vez verificado el carácter de rumor, alcanza a la cuestión en sí, no sólo al método empleado. Con lo cual uno podría preguntarse si la propalación de rumores no puede devenir a su vez en un método para quitar verosimilitud a cuestiones veraces…
Todos los verificadores del rumor que analizamos pusieron en duda la formación de dioxinas en microondas. Pero todos recomiendan, por el peligro de toxinas provenientes de envases o envoltorios de material plástico, al menos del “no fabricado especialmente para tal uso”, elegir más bien envases de cerámica o de vidrio (como dice precisamente Fujimoto).
Alguno niega la exudación de material plástico expuesto al calor e insiste en que solo el contacto directo con el alimento puede permitir alguna cesión indeseada. Afirmación aventurada de los propios analizadores, porque quien esto escribe ha verificado “la exudación” (algunas tapas de plástico “ceden” material encima de platos o tazas calientes; fácil es comprobarlo; se huele, y lo que olemos son moléculas desprendidas).La pregunta que abre este episodio es acerca del malestar, del mismo malestar que hace ya décadas presentara Yves-Cousteau, de tener que lidiar con un material tan proclive a ser tóxico. Sin que la sociedad haya asumido ese riesgo y menos todavía, haya evaluado si quiere correrlo.
Hay una razón: la posición de la industria petroquímica, que ha sabido encontrar los resortes para habilitar tales productos legalmente obstruyendo todo análisis, toda discusión sobre su calidad.
Para ello, la industria petroquímica ha encontrado valiosos aliados en el personal político corrupto, pero sobre todo en el ciudadano enceguecido por el sentido común dominante en nuestra sociedad actual, que pasa por ubicar al tope de los valores sociales la comodidad. La industria petroquímica nos ha vendido comodidad (debatible es si verdadera o falsa) al precio de pasar a segundo plano otras cuestiones como la salud, la contaminación ambiental y otras “paparruchadas” de gente poco proclive a “la pujanza del progreso”.
Para viabilizar su ofensiva tecnocientífica, la petroquímica y en particular Monsanto, que fue el laboratorio estadounidense que ofició de ariete planetario para expandir los plásticos en la década de los sesenta, se valieron de una coartada santificadora: los límites. Los límites de tolerancia. Las autoridades reguladoras le preguntaban a las empresas cuánto era el mínimo de determinado agente tóxico que no se podía dejar de usar; las empresas presentaban su límite práctico y las autoridades “resolvían” que la presencia de ese agente tóxico (cancerígeno, mutágeno, que atacara el cerebro, los nervios o la fertilidad) hasta ese límite era inocua y sobrepasado dicho límite, sí se tornaba “ilegal”, por devenir tóxica.
Pero ese límite no era el de inocuidad, como se invocaba, sino el de operabilidad (de la empresa).
Así logró la petroquímica “plastificar” nuestras sociedades: persuadiendo a los reguladores con la idea de progreso (y a menudo, otros agregados más materiales) y a la población en general con la comodidad basada en una noción santificada de progreso, siempre instilada desde los medios de incomunicación de masas.Hoy, los campos están plagados de residuos plásticos. Cantidades infinitesimales de esos cuerpos están pasando al agua y a los alimentos que en esos campos se cultivan. Porque las moléculas pueden incorporarse a través de las raíces y por lo tanto, no alcanza con lavar los productos de la tierra.
Así es que en los mares, en los suelos y en muchos otros momentos de nuestra vida cotidiana, tenemos que lidiar con sustancias tóxicas cuyos fabricantes han descuidado, por decir lo más benevolente (por cierto, las propias de los materiales plásticos no son sino una parte de ese capítulo, lamentablemente mucho mayor; el escándalo actual con los PCBs en la Argentina lo prueba).
Eso es grave. En el sentido médico, porque puede producir la muerte. Y en el sentido político, porque hay que rendir cuentas. Y hacer rendirlas.

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