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sábado, 7 de febrero de 2009

Las nuevas tecnologías hacen al mundo más igualitario… ¿Será?

Nuestros derechos están siendo erosionados. La misma mentalidad industrial que convirtió la gran oportunidad representada por la alfabetización y las tecnologías de la comunicación en una pérdida de creatividad y de diversidad ahora se propone utilizar sus innovaciones de alta tecnología para salvaguardar la biosfera y garantizar nuestra seguridad alimentaria. ¿Podemos confiarles el control de esas poderosas ciencias nuevas?

¿Vamos perdiendo o ganando?
Al término de la segunda guerra mundial, la mitad del mundo (por lo menos según lo que registran los datos de la economía monetaria) estaba en la pobreza. Ahora, sólo la cuarta parte (nuevamente, de acuerdo con cálculos basados en el dinero) es pobre. Los precios de los cereales al consumidor han bajado un 150 por ciento en los últimos veinte años. Éstas deberían ser pruebas de que hemos progresado. Sin embargo, la impresión abrumadora es que el mundo se va volviendo cada vez menos equitativo, no al contrario. En el Norte la clase media va siendo erosionada al paso que la clase alta se enriquece cada vez más. La salud y la educación se deterioran igual que el medio ambiente. La pobreza y enfermedad infantiles están llegando a ser epidémicas en Estados Unidos y Canadá. En el Sur, las tendencias alentadoras que dominaron el tercer cuarto del siglo pasado parecen estar invirtiéndose.

Si en 1960 a los países más pobres del mundo (que incluyen el 20 por ciento de la población total) les correspondía el 4 por ciento de las exportaciones globales, para 1990 su participación había descendido escasamente al 1 por ciento. En el mismo tiempo la parte de las exportaciones que va hacia los países desarrollados se duplicó, del 13 por ciento a comienzos de los setenta a 26 por ciento a principios de los noventa.

Las predicciones de que ‘no siempre habrá pobres’ no se han hecho realidad. En 1990 hubo pronósticos optimistas de que el porcentaje de pobres absolutos en el mundo (los que tienen ingresos de menos de un dólar por día) bajaría al 18 por ciento para 2000. Pero para 1998 la cifra era 24 por ciento y la línea de tendencia había virado hacia arriba.

Algunas de las ganancias tan festejadas hace dos décadas hoy parecen ilusorias. Los rendimientos de granos y legumbres de alto contenido proteínico están disminuyendo. Lo que un estudio reciente denomina la ‘inesperada importancia de las deficiencias y toxicidades de los microelementos’ ahora está afectando los suelos más productivos de la Revolución Verde. Los daños son resultado de la agricultura superintensiva y el amplio uso de insumos químicos externos. Además, el deslave de elementos químicos –especialmente nitrógeno– de las tierras cultivadas está afectando toda la producción de aguas saladas y dulces. El sesenta por ciento de la población del mundo obtiene el 40 por ciento o más de sus proteínas de fuentes acuáticas. Ahora el legado de la Revolución Verde está poniendo en peligro esa fuente.

El efecto de la agricultura de alto empleo de insumos no sólo ha sido injusto para el medio ambiente, sino que también ha significado un viaje durísimo para los agricultores. Entre los años cincuenta y los ochenta, por ejemplo, los agricultores estadounidenses experimentaron una declinación del 20 por ciento en su ingreso real a pesar de tener grandes incrementos en el rendimiento. Durante el mismo periodo, la parte del presupuesto de alimentación asignada a los agricultores y a sus proveedores se desplomó de 57 a 22 por ciento, y ese patrón continúa. Un estudio que compara la eficiencia de agriculturas con altos y bajos insumos en Colombia, China, Filipinas, Estados Unidos y el Reino Unido mostró que, en general, los agricultores con bajo uso de insumos eran como promedio cinco veces más eficientes en el aprovechamiento de la energía que sus primos con alto empleo de insumos. Agricultores de las Filipinas descubrieron que para obtener un aumento de 116 por ciento en el rendimiento tenían que aceptar un salto de 300 por ciento en consumo de insumos de energía.

Las inequidades ambientales crecen paralelamente a los riesgos que corren las poblaciones rurales expuestas al uso pesado de insumos químicos. En Estados Unidos se considera que el costo anual en términos de salud pública y destrucción de recursos naturales oscila entre 1 300 y 8 mil millones de dólares. En Centroamérica se calcula que entre 28. 4 y 57.8 por ciento de los trabajadores agrícolas relacionados con la producción de cultivos de exportación enferman cada año intoxicados por insumos químicos. En el 2000, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que la expectativa de vida –calculada como años de vida libre de enfermedades inhabilitantes– está declinando en muchos países del Sur, después de décadas de mejoramiento.

La brecha entre los ricos y los pobres –que en un tiempo creíamos que iba disminuyendo– está ensanchándose de nuevo. Tal vez nada muestra ese viraje mejor que la deshonrosa degradación de los derechos de los agricultores del mundo a través de cambios introducidos en las leyes de propiedad intelectual del Norte. En los sesenta y setenta los gobiernos y las empresas de semillas estaban de acuerdo en que los agricultores tenían ‘derecho’ a guardar e incluso revender semillas. Para los ochenta ese ‘derecho’ se había convertido en un ‘privilegio’. En los noventa lo que había sido un ‘derecho’ y después un ‘privilegio’ pasó a ser descrito como ‘piratería’ por algunos de esos mismos gobiernos y empresas.

Supuestamente, a cambio de la pérdida de sus ‘derechos’ los agricultores obtendrían potentes tecnologías nuevas que los harían cada vez más sanos y más ricos. En los años sesenta y setenta esas nuevas tecnologías fueron las preparaciones químicas tóxicas de las que ya hemos hablado. En los ochenta y noventa las nuevas tecnologías provienen de la ingeniería genética. ¿Con cariño, otra vez?
La erosión de la confianza
Hoy, la industria de la biotecnología y muchos gobiernos nos aseguran que todos los organismos genéticamente modificados se pueden liberar en el medio ambiente sin ningún riesgo, y que todos esos alimentos transgénicos pueden ser consumidos sin preocupación por animales y seres humanos. Tal vez sea cierto. Pero la historia de sus defensores es terrible. Considerando la evidencia histórica, no tenemos otra opción razonable que suponer que están equivocados. Que, en realidad, no saben de qué están hablando.

En el seminario de Bogéve llegamos a la conclusión de que hace falta una generación humana entera para llegar a comprender las implicaciones de una nueva tecnología importante. Podríamos agregar, en consecuencia, que como no estamos ante una emergencia humana abrumadora, no hay ninguna razón correcta para introducir tecnologías nuevas hasta que hallamos probado su utilidad y seguridad.

El ‘carruaje sin caballos’ de hace un siglo es un buen ejemplo. Es difícil imaginar que la sociedad pudiera rechazar el motor de combustión interna, aun con visión retrospectiva. Pero con dosis razonables de previsión y planeación, pudo haber sido introducido en un contexto que pusiera énfasis en el transporte público y minimizara (incluso gravara) el transporte privado. Se habrían ahorrado muchas vidas. Es innegable que estamos pasando por alto otros factores críticos, como la geopolítica del petróleo o el diagnóstico temprano de la contaminación del aire, pero la tecnología habría debutado en un medio sociopolítico favorable a la detección temprana y las soluciones rápidas. Por mucho que pueda decirse que el transporte rápido nos trajo las ambulancias y los carros de bomberos, muy pocos negarían que las muertes causadas por el automóvil son más que las vidas salvadas.

Hay paralelismos entre el motor del automóvil y la ingeniería genética. La biotecnología es ‘vivir en el carril rápido’. Más aún, es ‘vivir cambiando de carril’ a medida que pasamos genes de una especie a otra. La biotecnología se propone no sólo reestructurar nuestro paisaje sino reestructurar la vida. El principio de la precaución debería ser la guía. ¿Pero, dónde están las señales de ‘Reduzca la velocidad’ y ‘Peligro adelante’?

Esto no significa oponerse, filosófica o prácticamente, a la posibilidad de la eventual y razonada introducción de algunas biotecnologías –ni tampoco argumentar en contra de todas las tecnologías introducidas recientemente. Es una argumentación a favor de la comparación de riesgos y beneficios. El desarrollo del ferrocarril, nuevas técnicas mineras, el rápido ascenso de la industria petroquímica, todos provocaron muerte y destrucción innecesarias. En todos los casos el gobierno y la industria mostraron gran optimismo acerca de la seguridad pública, hasta que el costo en vidas llegó a ser irrefutable. En todos los casos el tiempo demostró que estaban totalmente equivocados.

A mediados de 1999 Europa fue conmovida por el escándalo de comprobar la presencia de toxinas en productos avícolas en Bélgica. Pocos días después el gobierno belga se vio obligado a retirar algunos productos de la Coca–Cola. Los estudiantes belgas caían enfermos frente a un doble ataque. CO2 contaminado en la Coca–Cola carbonatada unió sus fuerzas a un hongo que crecía en el embalaje de exportación. De alguna manera ese hongo llegó a los niños. En pocos días la Coca–Cola desapareció de las tiendas de gran parte de Europa Occidental. ¿Qué posibilidades hay de que ocurran accidentes de este tipo? Muchas. Si estuvieran vivos podríamos preguntarle a los únicos dos conductores de Kansas City, Missouri, en 1905: a pesar de que tenían la carretera para ellos solos, ocasionaron uno de los primeros choques frontales del Cuarto de Siglo del Automóvil. Al otro lado del estado, en St. Louis, Missouri, Monsanto (que está en fusión frontal con Pharmacia–Upjohn) debería tomar nota. ¿Acaso los gobiernos y las industrias son más cuidadosos hoy? Hasta ahora, en Gran Bretaña han muerto más de 70 personas del ‘mal de la vaca loca’. Al término de 1999 informes de la UE advertían que la enfermedad podría haberse extendido ya a la mayor parte del continente. Para mediados del 2000, los gobiernos no podían descartar la posibilidad de que la enfermedad se extendiera a Estados Unidos y Australia también. La enfermedad de la vaca loca es una burobacteria: no habría ocurrido si los hombres de negocios no hubieran sido codiciosos, los científicos no se hubieran equivocado y los burócratas no hubieran mentido. No es el único ejemplo actual. Las vidas de cientos, tal vez miles de personas en Francia y en Canadá se acortaron porque burócratas y políticos decidieron utilizar productos sanguíneos contaminados. La industria informática es otro ejemplo. Industrias estadounidenses gastaron 150 mil millones de dólares –y los gobiernos del mundo gastaron otros 500 mil millones– ajustando sus computadoras para el año 2000. Aparentemente hace veinte años nadie en el mundo empresarial estadounidense era suficientemente listo para darse cuenta de que el siglo estaba por terminar. Y al igual que pagamos a los herederos de la industria química para que limpien sus propios basureros, ahora les pedimos a los creadores del Y2K que nos rescaten. En los primeros días del nuevo milenio el gobierno de Estados Unidos reconoció públicamente –después de 40 años de negarlo y decenas de millones de dólares gastados en defensa legal– que es posible que las vidas de hasta 600 000 trabajadores de la industria de las armas nucleares de ese país hayan sido acortadas debido a la contaminación radioactiva. Un panel ‘investigador’ del gobierno admitió también que las autoridades habían estado enteradas de la realidad de ese peligro por décadas.

Las empresas sostienen que la realidad de la erosión ambiental sólo puede ser resuelta por la ilusión de nuevas ‘balas de plata’ biotecnológicas. No hay nada en la historia que sugiera que las balas de plata dieron en el blanco alguna vez. Hasta ahora, todo lo que han hecho las compañías biotecnológicas es disparar a sus propios pies.

En 1992, el año en que muchos jefes de Estado acudieron a Rio de Janeiro para adoptar protocolos y convenciones relacionados con el cambio climático, la desertificación, la biodiversidad y las selvas, 5 millones de niños murieron por falta de alimento, agua potable o vacunas baratas. Esto significa en muertes, el equivalente de una de esas excelentes innovaciones de la Era del Automóvil, un autobús escolar, que cae de la cima de la Presa de Assuán cada 60 segundos.

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