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jueves, 29 de enero de 2009

¿ESTAMOS LISTOS PARA EL HOMO SAPIENS 2.0?

La salud cuenta
Definición de salud. ¿Es la salud sinónimo de bienestar? Si no son equivalentes, ¿en qué se diferencian?
Hay por lo menos dos aproximaciones al pensamiento relacionado con la salud: ésta puede entenderse como el funcionamiento normativo de todo el cuerpo e, implícitamente, la ausencia de cualquier afección o enfermedad que resulte en un funcionamiento subnormativo en referencia a lo definido como “salud médica”. Quienes entienden la salud de esta manera no rechazan la idea de que las condiciones “sociales” —tales como un empleo sujeto a tensiones o vivir en una zona de guerra— puedan cobrar su cuota afectando la salud, pero el foco y el punto de intervención se sitúan siempre en el cuerpo (digamos, remediar la hipertensión ocasionada por un empleo de gran tensión o la depresión clínica experimentada por las víctimas de la guerra). Según este modelo médico, todo funcionamiento sub-normativo le pertenece a un “paciente” al que se le receta el tratamiento médico necesario para que recupere (o intente obtener) el funcionamiento normativo.
Una segunda aproximación más amplia para entender la salud podría catalogarse como un modelo “social”, que reconoce que los bienestares mental y social son necesarios para la salud —además del bienestar físico o la ausencia de afecciones físicas. Según el modelo social, no se requiere que una persona sea un paciente con un cuerpo que funciona sub-normalmente para sufrir de una salud menguada. Una mujer que es víctima de discriminación sexual en el trabajo puede tener un cuerpo libre de enfermedades físicas, y sin embargo no considerarse sana de acuerdo con el modelo social. Desde principios de 1948, la Organización Mundial de la Salud considera que los bienestares social y mental son componentes necesarios de la salud. Las implicaciones de adoptar un modelo en detrimento del otro son enormes, y son más obvias en los puntos de intervención. Por ejemplo, si se utiliza el modelo social, las posibles intervenciones que ayuden a una víctima de injusticia social (digamos de discriminación sexual) a que logre la salud pueden incluir el litigio civil, la protesta, la reforma legislativa, entre otras muchas —cualquier acción puede traer consigo un bienestar social y mental si logra cambiar, esto sería lo óptimo, las estructuras sociales que propiciaron que existiera la injusticia. Por supuesto, desde el modelo médico es posible enfrentar la ausencia de un bienestar social, —sea tratando los efectos sobre el cuerpo (hipertensión, depresión y ansiedad son algunas de las posibilidades) o intentando “curar” al paciente de la condición relacionada con una deficiente salud social. En el modelo médico, una de las “curas” posibles para un parapléjico que es víctima de la discriminación y de la injusticia social podría ser una intervención médica —piernas biónicas en vez de edificios de fácil acceso, por ejemplo.
Las nuevas tecnologías nanoescalares nos ofrecen ahora intervenciones que pretenden que nuestros cuerpos serán más fuertes, más hábiles, más duraderos. Los transhumanistas, que profesan la noción de que aun el cuerpo más saludable puede ser mejorado mediante la tecnología, avizoran una nueva manera de pensar en la salud. Para ellos, el cuerpo humano se desempeña subnormativamente —a menos que aquel cuerpo sea “mejorado” con refinamientos tecnológicos. El bienestar social puede también ser importante para los transhumanistas, pero se logra interviniendo el funcionamiento del cuerpo.
Una de las obvias dificultades del enfoque transhumanista es que el estado óptimo de salud cambiaría constantemente dependiendo de lo que la “industria del refinamiento” pusiera a disposición en el mercado. Ya sabemos del mareador ritmo que imponen los refinamientos del software de los ordenadores y que podemos quedar aislados del ciberespacio si no compramos el escalamiento más reciente. ¿Cuántos de nosotros estamos listos para Homo sapiens 2.0?

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