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miércoles, 17 de junio de 2009

Pintura blanca y carbón vegetal: ¿soluciones al calentamiento global?

Ingenieros del clima buscan remedios tecnológicos
mientras avanzan las negociaciones globales

La semana pasada, el secretario de energía de Estados Unidos, Steven Chu, pronunció un discurso que puede interpretarse como una provocación para averiguar cómo anda el ánimo internacional en el controvertido tema de la geoingeniería. [1] “Necesitamos una afirmación inequívoca de la Casa Blanca en el sentido de que el gobierno de Estados Unidos no está dando luz verde a la geoingeniería mientras se prepara la reunión de Copenhague”, advirtió Pat Mooney, director ejecutivo del Grupo ETC, organización de la sociedad civil que monitorea las nuevas tecnologías, con sede en Ottawa.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) se reunirá en Dinamarca en diciembre, mientras sus organismos subsidiarios tienen sesiones preparatorias esta semana y la próxima en Bonn, Alemania. “Si bien parece algo bueno abrir nuevas fuentes de empleo para los pintores de todo el planeta, blanquear los techos masivamente puede ser la delgada frontera hacia una tecnología que parece inocua pero que abre la puerta a esquemas de geoingeniería más riesgosos,” según Pat Mooney.[2] La geoingeniería se refiere a la manipulación en gran escala del ambiente de la Tierra, supuestamente para contrarrestar los efectos del cambio climático.

Esta semana, la geoingeniería podría ser el tema caliente tras bambalinas —si no lo es en las sesiones abiertas, mientras los gobiernos se sientan a negociar el plan climático post Kyoto en Bonn. La elaboración de reglas para la manipulación planetaria de la biosfera, mediante tecnologías riesgosas y no probadas, es mucho más controvertida de lo que sugiere la pintura blanca. Ya ahora el borrador de los textos de las negociaciones para Copenhague está lleno de referencias a la “mejora tecnológica” y la “cooperación del sector privado”. Los defensores de los remedios tecnológicos están ansiosos por obtener respaldo político y financiero para realizar pruebas en el mundo real, incluso antes de que se tomen decisiones cruciales sobre la vigilancia de las tecnologías.

“Los participantes en las negociaciones del cambio climático deben estar concientes de que se colocarán en una pendiente resbalosa si le abren la puerta a la geoingeniería. Una vez que los gobiernos opten por un remedio tecnológico para salir del atolladero del cambio climático será muy difícil volver a enfocar la atención y los recursos en la necesidad de cortar las emisiones en los países ricos”, asegura Diana Bronson del Grupo ETC. “Los políticos deben estar muy ansiosos para decir que encontraron una solución tecnológica que nos permitirá seguir manejando nuestros automóviles y consumir la comida ‘barata’ producida con la agricultura industrial, fuertemente subsidiada. Pero esas tecnologías no se han examinado exhaustivamente, no hay mecanismos de gobierno para vigilarlas y el público no tiene acceso a la información que se requiere para distinguir entre la ciencia y el disfraz verde ambientalista (en este caso, blanco).”

El cabildeo corporativo y científico a favor de la geoingeniería se fortaleció el año pasado. Avanzó libre a cuenta del creciente —y legítimo— sentimiento de urgencia por lo inadecuadas que han sido las respuestas multilaterales a la crisis del clima. Desafortunadamente, la toma de decisiones multilateral democrática corre el riesgo de ser usurpada por quienes quieren obtener ganancias con la especulación de los remedios tecnológicos.

Tenemos el caso del biochar o carbón vegetal. La muy influyente International Biochar Initiative (iniciativa internacional para el biochar), que busca financiamiento a través del Mecanismo de Desarrollo Limpio, es un híbrido de los académicos y la industria. El biochar, que esencialmente es carbón resultado de la quema de materia vegetal en bajas condiciones de oxigenación, se está promoviendo como una nueva forma de capturar carbono en los suelos. De hecho, los textos borrador de las negociaciones para la conferencia sobre Cambio Climático en Copenhague en diciembre ya incluyen el apoyo al biochar.[3] “Incluso si el biochar captura efectivamente el carbono, lo que no queda claro, para mitigar el cambio climático necesitaríamos vastas cantidades de madera y materia vegetal, una demanda que amenaza la biodiversidad que queda sobre la tierra así como a las comunidades que viven en las llamadas tierras marginales”, argumenta Almuth Ernsting de Biofuelwatch.[4] El biochar, como otras formas de carbón negro, de hecho contribuye al calentamiento cuando se esparce por el aire. En una prueba de campo reciente en Quebec, el 30% del polvo de biochar se esparció durante su transporte y se dispersó sobre los campos, depositándose en los suelos.[5] El caso del biochar no se ha pensado a profundidad.”

“La geoingeniería puede propiciar la ejecución de acciones unilaterales con impactos impredecibles, por lo cual los grupos de la so sociedad civil necesitan exigir respuestas claras de sus gobiernos. Agricultores campesinos, pueblos indígenas, países y comunidades que serán los más golpeados por la crisis del clima, tienen el derecho absoluto de participar en la toma de decisiones sobre qué tecnologías son financiadas y desplegadas”, afirma Pat Mooney del Grupo ETC. “Ante la ausencia de procesos democráticos básicos y debate multilateral, la geoingeniería no es nada menos que un tipo de geopiratería.”


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