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miércoles, 18 de marzo de 2009

Si los océanos murieran...

Tratamos de demostrar que el ciclo de la vida y el agua son inseparables. Vemos claramente que, si queremos salvar a la humanidad, nuestro deber es ante todo salvar a los océanos.
El peligro que nos acecha es de un tipo nuevo. Está causado por el hombre y por el hombre solo, y solamente las medidas adoptadas por el hombre podrán remediarlo. Por lo que tratamos de demostrar que el ciclo de la vida y el agua son inseparables. Vemos claramente que, si queremos salvar a la humanidad, nuestro deber es ante todo salvar a los océanos.

Por una irritante paradoja, la humanidad se plantea hoy esta cuestión precisamente cuando esta recién empezando a comprender el mar. En la actualidad, tras miles de años de ignorancia y superstición, los hombres de nuestra generación comienzan, al fin, a estudiar la manera de explotar y aprovechar racionalmente los inmensos recursos que ofrece ese 70 % de espacio acuático de la superficie terrestre. Pero, al mismo tiempo se encuentran comprometidos en una carrera contra el reloj para salvar el océano de las depredaciones que ellos mismos llevan a cabo.
Si los océanos de nuestra tierra murieran - esto es, si de algún modo, la vida de pronto desapareciera -. Sería la mas formidable, pero también las mas definitiva, de las catástrofes en la atormentada historia del hombre y de los animales que con el comparten este planeta.
Así, desprovisto de vida, el océano empezaría a pudrirse. El hedor procedente de las materias orgánicas en descomposición, seria tan insoportable, que bastaría para alejar al hombre de todas las regiones costeras.
Pero no se harían esperar otras consecuencias todavía mas graves. Recordemos que el océano es el principal elemento estabilizador de la tierra: mantiene el equilibrio exacto entre las diferentes sales minerales y los gases que constituyen nuestro cuerpo y del que depende nuestra existencia. Sin vida en los mares, gases tóxicos contenidos en la atmósfera, comenzarían a aumentar inexorablemente.
Superada una cierta proporción de co2, el efecto llamado “de invernadero”, entraría en juego: el calor, irradiado por la tierra hacia el espacio, mantenido bajo la estratosfera originaria, una brusca elevación de temperatura del globo al nivel del mar. Los casquetes polares se fundirían en ambos polos, mientras que el nivel de los océanos subiría unos treinta metros. En pocos años todas las ciudades costeras se inundarían. Para evitar ahogarse, una tercera parte de la humanidad se vería obligada a refugiarse en colinas y montañas, incapaces de proveerse para su subsistencia. Entre otros efectos de la muerte de los océanos, la superficie de las aguas se cubriría de una espesa costra de residuos orgánicos, la cual influiría en la evaporación, reduciría las precipitaciones y provocaría una sequía general y, por fin, el hambre.
Todo ello no seria sino el principio de la fase ultima del desastre. Hacinados en las alturas, hambrientos. Sometidos a violentas tempestades y extrañas epidemias, rotos todos los lazos familiares, los supervivientes empezarían a sufrir la falta de oxigeno debido a la separación de las algas del plancton y a la reducción de la vegetación terrestre. Confinados en la estrecha franja de la tierra que separaría a los mares muertos de las pendientes montañosas estériles, la especie humana experimentaría una intolerable agonía. Tal vez, treinta o cincuenta años después de la muerte de los océanos, el último hombre del planeta, cuando la vida orgánica se limite solo a bacterias y algunos insectos necrófagos, exhalaría su último suspiro…
Rumbo a la realidad, hoy actualmente estamos experimentando la fragilidad de los equilibrios marinos. A medida que se arroja en el mar cantidades sin cesar de crecientes tóxicos residuos sólidos y líquidos, la situación empeora. ¿Pueden los océanos con estas cargas contaminantes?? . La respuesta nos las dan los mares Indico y Báltico, casi muertos; el mar del norte, cuyos recursos piscícolas declinan trágicamente; el mediterráneo, gravemente afectado, y los arrecifes agonizantes del mundo entero.
El mar esta lejos de ser el basurero pasivo que todos pensamos. Dadas su propiedades dinámicas, físicas, y químicas, el agua del océano es capaz de tratar solo algunas de las sustancias toxicas o contaminantes que se introducen en su seno, con tal que sean estas siempre “b i o d e g r a d a b l e s “. El mar se comporta como un organismo vivo, que elimina residuos y lucha contra la infección, los parásitos, virus, bacterias, etc., pero su capacidad de defensa es limitada y en algunos casos ya esta agotada. En ciertos casos el mar convierte o por lo menos neutraliza numerosos cuerpos extraños. Metales como el cobre, hierro, níquel, cobalto y sobre todo el manganeso, son ionizados y luego arrastrados al fondo, donde se precipitan, a menudo en óxidos o bajo formas de nódulos polimetálicos, en torno de pequeños objetos como guijarros, escamas de peces, dientes de tiburón o en ocasiones restos de articulos de fabricación humana.
El destino de otros peligrosos metales como el mercurio, cadmio, y el plomo, es diferente. La mayor parte del plomo difundido en la Biósfera procede de la adición del mismo a la gasolina o de los motores de combustión interna; el plomo se comporta, en efecto, como antidetonante. Las lluvias lo “recogen” en la atmósfera. Lo arrastran al suelo y luego al mar. Allí es absorbido junto con otros metales pesados como el cadmio y el mercurio por los microorganismos y, por reconcentraciones sucesivas, envenenan las cadenas alimentárias y todo el conjunto de vida marina sin desaparecer jamás. Así toneladas de contaminados peces, moluscos, crustáceos, mariscos y algas son extraídos del mar, consumidos por la población que recibe libre e impunemente sistémicas dosis toxicas y mortales acumulables de consecuencias irreversibles en los seres humanos.
Exámenes realizados en otras regiones, sobre tejidos de peces ya revelan elevados contenidos en tóxicos como “difenilos policlorados” o “d p c”. Los “dpc” son aditivos utilizados en pinturas, plásticos y los cauchos, a los que confiere una resistencia suplementaria al desgaste. Las playas de la bahía de Lima, especialmente en distritos como San Miguel, Callao y Ventanilla, presentan una cantidad intolerable de restos de plásticos, cauchos y derivados. Otro evidente problema en esta zona costera es la pobre visibilidad del agua que causa débil iluminación o insuficiente al fondo marino, entorpeciendo las actividades alimentárias de la fauna, sin dejar de mencionar la mayor lentitud de la fotosíntesis por parte del fitoplancton, este lecho marino esta putrefacto. La turbiedad marrón persiste crónicamente por el arrojo de deshechos sólidos y líquidos en la zona, por lo demás las corrientes arrastran los sedimentos a lo largo de toda la costa contaminándola.
La enfermedad de minamata:Los japoneses son grandes consumidores de peces, mariscos, moluscos y algas con un promedio anual de consumo solo de pescado de 70 kilos por persona.
Entre 1953 a 1960, ciento once japoneses se intoxicaron con “minimata”, por consumir pescado y moluscos que habían acumulado en su organismo mercurio,(hg). El responsable de esta contaminación, “el grupo Chisso”, negó durante varios años todas las evidencias. Entre las victimas, 49 murieron en medio de sufrimientos atroces, mientras que otros 19 niños nacieron afectados de malformaciones articulares y lesiones neurológicas irreversibles. Este tipo de intoxicación por mercurio recibió el nombre, a partir de entonces de “enfermedad de minamata”.
La intoxicación por mercurio o hidrargirismo era conocida ciertamente, mucho antes que la “minamata”. Se aduce como prueba la expresión “sombrero loco” porque los que fabricaban sombreros estaban sometidos, en el ejercicio de su labor, a prolongadas exposiciones al mortal mercurio.
Como el DDT (todavía utilizado libremente en todo el Perú), el mercurio no es eliminado por el organismo. Sus concentraciones aumentan no solo de un eslabón a otro de las cadenas alimentárias, sino también a medida que el organismo lo absorbe, hasta causar daños irreversibles. El norteamericano Norwald Fimreite, revelo en 1970, que en el lago “Erie”, había encontrado peces del tipo “lucios y truchas”, conteniendo cantidades de mercurio catorce veces superior a la tasa admitida (la cual en usa es de o, 5 ppm por libra). ¿Y nuestro lago “Junín” en el Perú?
También los grandes lagos y ríos están envenenados y no lo están menos que los mares. Ha sonado la alarma.
El próximo “minimata” ¿podría ocurrir en ciudades costeras de Italia, España, Usa o quizás el Perú?
Los estudios señalan que los grandes peces oceánicos como el atún y el pez espada, que se sitúan en la cima de las pirámides alimentárias, concentran activamente el mercurio. En diferentes estados de Norteamérica, el pez espada ha sido retirado del mercado. En Europa, especialmente en Alemania y en los tres países que conforman el “Benelux”, los adictos al “a t u n” han sido advertidos contra el consumo de su pez favorito. El mercurio afecta los nervios, el tejido cerebral, las articulaciones, el hígado, así como los glóbulos rojos.
El individuo afectado se lamenta de anomalías en la percepción. Pierde todo control muscular, se queda ciego y experimenta atroces sufrimientos antes de morir. El metal por lo demás, atraviesa la barrera placentaria, se concentra en el feto y, afecta despiadadamente al recién nacido.

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