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martes, 14 de septiembre de 2010

La resistencia a la barbarie ambiental

Luis Hernández Navarro
Períodico La Jornada
Martes 14 septiembre 2010

El país está ambientalmente devastado. Se ha convertido en un inmenso basurero. Sus acuíferos están contaminados, muchas de sus mejores tierras erosionadas y sulfatadas, y sus bosques destruidos. Granjas industriales y minas a cielo abierto descargan sus desechos sin mayores precauciones. Grandes polos de desarrollo urbano emponzoñan los mantos freáticos y devoran las tierras de cultivo. Megaproyectos turísticos devoran playas y selvas vírgenes.

Por doquier se apilan toneladas de basuras tóxicas y no biodegradables: plásticos, baterías eléctricas, llantas, sustancias químicas nocivas y desechos industriales. Aunque hoy están prohibidos, subsisten cementerios clandestinos de askareles, sustancias altamente tóxicas y peligrosas que en el pasado se utilizaron como aislantes y refrigerantes en transformadores y equipos eléctricos. Sus efectos son crónicos, persistentes y bioacumulables. Pueden ocasionar cáncer y afectar el sistema hormonal (véase: Iván Restrepo,Askareles, riesgo latente, La Jornada, 27/6/05).

De la mano de esta crisis ambiental camina una crisis sanitaria de grandes proporciones. El surgimiento de la gripe A/H1N1 de los chiqueros industriales porcinos de Perote, Veracruz, fue apenas una alerta. Los centenares de basureros urbanos son enormes incubadoras de graves enfermedades. Los polos de desarrollo industrial desregulado son caldo de cultivo para el surgimiento de mutaciones genéticas, leucemia y anencefalia.

Con regulaciones ambientales débiles y autoridades gubernamentales corruptas, con tratados comerciales –que como parte de las ventajas comparativas ofrecen la destrucción impune del ambiente–, los grandes consorcios multinacionales tienen licencia para devastar. La entrada de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2004 dejó a México sin su principal ventaja comparativa para atraer capitales: la oferta de mano de obra barata. En los hechos, y sin declararlo públicamente, el gobierno ha ofrecido a las grandes trasnacionales una desregulación ambiental absoluta, un cerrar los ojos ante las violaciones de las leyes ecológicas existentes. Ha profundizado así una tendencia ya presente en el territorio nacional desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, en 1994.

Es así como la ley federal de manejo integral de residuos sólidos es, en los hechos, letra muerta; prácticamente ningún municipio en el país cumple con los procesos de separación, reciclaje y reuso al que obliga. Simultáneamente se ha intensificado la privatización de los servicios públicos de recolección, transferencia y disposición final de basura.

Para enfrentar las consecuencias de la degradación ambiental en personas y territorios se constituyó la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales (ANAA), que el pasado 11 y 12 de septiembre efectuó su sexta asamblea nacional, en Magdalena, Ocotlán de Morelos, Oaxaca.

La asamblea se reunió por primera ocasión el 31 de agosto de 2008, en las instalaciones de la UNAM. Se encontraron 35 comunidades que, al día siguiente, marcharon a la Comisión Nacional del Agua (Conagua) y a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) para manifestar su descontento con la política hídrica y ambiental.

Dos semanas y media más tarde, se volvieron a reunir en la ciudad de México para acordar una forma de organización que permitiera sumar sus luchas, experiencias y demandas. Acordaron encontrarse dos veces al año para intercambiar información y avanzar en una plataforma unitaria. Su idea fue celebrar las asambleas en distintos lugares del país en los que la lucha fuera más álgida.

La asamblea ha trabado una estrecha alianza con el mundo académico, trabajando junto a la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS), una red de investigadores activos en áreas como biología, física, matemáticas, economía, sociología, antropología, ciencia política y derecho. Con el objetivo de documentar los casos de deterioro ambiental más graves en México, la UCCS creó el Observatorio Socio-ambiental. Su principal fuente de información para trazar ese mapa de problemas socio-ambientales es la ANAA. Ha registrado ya más de 150 casos, relacionados, en su mayoría, con actividades mineras y petroleras, proyectos hidroeléctricos, desarrollo de infraestructura carretera, instalación de rellenos sanitarios y disposición de residuos.

La tercera asamblea se efectuó en Tláhuac durante marzo de 2009. Se manifestó contra los megaproyectos de la ciudad de México: basureros, parques industriales y la construcción de la línea 12 del Metro. La cuarta se desarrolló en El Salto y Juanacatlán, Jalisco, mayo de ese año. Se solidarizó con la lucha de esas comunidades contra la contaminación del río Santiago por las industrias y los basureros de Guadalajara. Asistieron 120 comunidades procedentes de diez estados. El quinto encuentro tuvo lugar en el valle de Perote, donde se asientan las Granjas Carroll. Finalmente, la última acaba de celebrarse en Oaxaca, donde diversas comunidades han resistido los embates de la minera canadiense Fortuna Silver.

La asamblea lucha contra la destrucción y contaminación ocasionadas por la minería metálica y no metálica; contra las represas hidroeléctricas; contra la urbanización salvaje; contra la contaminación de las megagranjas industriales (cerdos, pollos, camarones); contra la contaminación petrolera; contra los basureros municipales, hospitalarios, industriales y nucleares. Por la defensa del maíz. Por la defensa de los bosques. Contra el despojo de los ríos, manantiales y acuíferos; contra la sobrexplotación de los acuíferos, y contra la contaminación letal de nuestros ríos. Contra los desplazamientos debidos a proyectos de ecoturismo y conservacionismo que limitan o destruyen formas de vida campesina.

Aunque la asamblea aún se encuentra en formación, es una de las expresiones más acabadas de la resistencia contra la devastación ambiental. Por lo pronto ha logrado que esta destrucción, que hasta ahora ha sido invisible, comience a ser vista.


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martes, 11 de mayo de 2010

Los monocultivos para el desarrollo de agrocombustibles causan daños a la salud

Angélica Enciso

La Jornada

UITA. Montevideo Uruguay

Provocan desplazamientos, deforestación

y enfermedades, y ponen en peligro zonas indígenas

El desarrollo de agrocombustibles, que ha llevado al establecimiento de monocultivos de soja, caña de azúcar y palma de aceite en regiones de América Latina y Asia, han provocado graves violaciones a los derechos humanos, debido a que ocasionan impactos negativos a la salud, a las condiciones laborales y provocan conflictos territoriales, indican expertos.

El estudio Agrocombustibles, una revisión crítica de nueve puntos clave,realizado por Biofuel Watch, Carbon Trade Watch, Transnational Institute y otras organizaciones, advierte que la expansión de soja en Argentinay Paraguay para alimentar animales de Europa yChina “ya ha comprometido, desde 1997, los derechos humanos de las poblaciones que habitan los lugares en que se han establecido grandes plantaciones”.

Indica que sumado a ello, estos países se enfrentan a la amenaza de la expansión de los agrocombustibles y resulta preocupante ver que se promueven “por su potencial para mejorar las economías de los países del sur, mientras se hace caso omiso de sus impactos negativos”.

Refiere que la expansión de soja y la palma de aceite, en América Latina y en Asia meridional, se puede asociar con varias violaciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, “pero una de las garantías a las que no se suele prestar atención es el derecho a la salud adecuada. El aumento de productos agrotóxicos y la deforestación suponen una violación flagrante del derecho a un nivel de vida adecuado que garantice salud y bienestar”.

La deforestación y la relación con enfermedades catalogadas como zoonóticas –provocadas por el contacto con animales–, y las transmitidas por vectores, están asociadas con la deforestación, la cual se ha extendido en el norte de Argentina, Brasil yParaguay, debido a la expansión del cultivo de soja. Agrega que los cambios sociales y ecológicos, ya sean abruptos o episódicos, conducen a la aparición de enfermedades.

Además la pérdida de bosques provoca diversas alteraciones en los ecosistemas, ya que se reducen los hábitat de los que pueden disponer las especies animales y vegetales. “Cada vez hay más pruebas de que la deforestación y los cambios en los ecosistemas influyen en la distribución de otros microorganismos y en la salud de poblaciones humanas, de animales domésticos y en la fauna y flora.”

Los cultivos de la palma aceitera y soja, dos de las materias primas que se utilizan para la elaboración del biodiesel, utilizan el paraquat y el glifosato como herbicidas; el primero es mortal en caso de ser inhalado o ingerido, señala el documento.

Los derechos humanos se ven vulnerados también por el desplazamiento de las comunidades indígenas. El texto refiere que, según el Foro permanente de Naciones Unidas para las cuestiones indígenas la tala de bosques para dar paso a nuevos cultivos pone en peligro a 60 millones de indígenas, cuya supervivencia depende casi totalmente de los bosques.

El estudio indica que la resistencia a la expansión de los monocultivos para producir materias primas para agrocombustibles va en aumento, y cuestiona el modelo de agricultura industrial, la que “destruye sus medios de vida y los desplaza de sus tierras, con consecuencias tremendamente negativas para la soberanía alimentaria, la agricultura sostenible, biodiversidad, la estabilidad climática, y los derechos y conocimientos de comunidades indígenas”.

También analiza los aspectos relacionados con el cambio climático, la industria de transgénicos, agrocombustibles de segunda generación, seguridad alimentaria, biodiversidad, empleo y certificación.

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domingo, 11 de abril de 2010

El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida ¿De quién es la naturaleza?

Etcgroup

En este número 100 del Communiqué de ETC actualizamos Oligopolio S.A. – la serie en la que hacemos un seguimiento de la concentración del poder corporativo en las industrias de la vida. También analizamos los intentos de las últimas tres décadas del agronegocio por monopolizar el 24 por ciento de la naturaleza que ha sido mercantilizada, y denunciamos una nueva estrategia que procura captar las tres cuartas partes restantes que, hasta ahora, han permanecido fuera de la economía de mercado.

Hace treinta años la humanidad tenía un problema, la ciencia tenía una fascinación, y la industria tenía una oportunidad. Nuestro problema era la injusticia. Las masas de hambrientos crecían y al mismo tiempo la cantidad de campesinos y agricultores menguaban. La ciencia mientras tanto, estaba fascinada por la biotecnología –la idea de que podríamos manipular genéticamente los cultivos y el ganado (y la gente) para insertarle características que supuestamente superarían todos nuestros problemas. La industria de los agronegocios vio la oportunidad de extraer las enormes ganancias latentes en toda la cadena alimentaria. Pero el sistema alimentario tremendamente descentralizado les impedía llenarse los bolsillos. Para remediar esta enojosa situación había que centralizarlo. Todo lo que la industria tuvo que hacer fue convencer a los gobiernos de que la revolución genética de la biotecnología podía poner fin al hambre sin hacer daño al ambiente. Pero, dijeron, la biotecnología era una actividad con demasiado riesgo para pequeñas empresas y demasiado cara para investigadores públicos. Para llevar esta tecnología al mundo, los fitomejoradores públicos tendrían que dejar de competir con los fitomejoradores privados. Los reguladores tendrían que mirar para otro lado cuando las empresas de agroquímicos compraran compañías de semillas que, a su vez, compraron otras compañías de semillas. Los gobiernos tendrían que proteger las inversiones de las industrias otorgándoles patentes, primero sobre las plantas y luego sobre los genes. Las reglamentaciones de inocuidad para proteger a los consumidores, ganadas arduamente en el transcurso de un siglo, tendrían que rendirse ante los alimentos y medicamentos modificados genéticamente.

La industria obtuvo lo que quiso. De las miles de compañías de semillas e instituciones públicas de mejoramiento de cultivos que existían treinta años atrás, ahora solo quedan diez transnacionales que controlan más de dos tercios de las ventas mundiales de semillas que están bajo propiedad intelectual. De las docenas de compañías de plaguicidas que existían hace treinta años, diez controlan ahora casi el 90% de las ventas de agroquímicos en todo el mundo. De casi mil empresas biotecnológicas emergentes hace 15 años, diez tienen ahora los tres cuartos de los ingresos de esa industria. Y seis de los líderes de las semillas son también seis de los líderes de los plaguicidas y la biotecnología. En los últimos treinta años, un puñado de compañías ganaron el control de una cuarta parte de la biomasa anual del planeta (cultivos, ganado, pesca, etc.) que fue integrada a la economía del mercado mundial.

Actualmente, la humanidad tiene un problema, la ciencia tiene una fascinación y la industria tiene una oportunidad. Nuestro problema es el hambre y la injusticia en un mundo de caos climático. La ciencia tiene fascinación con la convergencia a escala nanométrica –incluyendo la posibilidad de diseñar nuevas formas de vida desde cero. La oportunidad de la industria radica en las tres cuartas partes de la biomasa del mundo que aunque se usa, permanece fuera de la economía de mercado global. Con la ayuda de nuevas tecnologías, la industria considera que cualquier producto químico fabricado a partir del carbono de combustibles fósiles puede hacerse a partir del carbono encontrado en las plantas. Además de cultivos, las algas de los océanos, los árboles de la Amazonía y el pasto de las sabanas pueden ofrecer materias primas (supuestamente) renovables para alimentar a la gente, hacer combustibles, fabricar aparatos y curar enfermedades, a la vez que eludir el calentamiento global. Para que la industria haga realidad esta visión, los gobiernos deben aceptar que esta tecnología es demasiado cara. Convencer a los competidores de que corren demasiado riesgo. Hay que desmantelar más reglamentos y aprobar más patentes monopólicas.

Y, así como ocurrió con la biotecnología, las nuevas tecnologías no tienen por qué ser socialmente útiles o técnicamente superiores (es decir, no tienen por qué funcionar) para ser rentables. Todo lo que tienen que hacer es eludir la competencia y coaccionar a los gobiernos a que se rindan a su control. Una vez que el mercado está monopolizado, poco importa cuáles son los resultados de la tecnología.

Fuente: El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida
¿De quién es la naturaleza?
etcgroup
http://www.etcgroup.org/es/materiales/publicaciones.html?pub_id=709

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